EL SENTIMIENTO DE IMPOTENCIA... Y LA AGRESIVIDAD GRATUITA!

He recogido este articulo que me ha parecido muy interesante por eso quiero compartirlo con tod@s.
!

Una mirada al mundo actualchemos un vistazo a nuestro mundo. Guerras, hambre, conflictos, competitividad desmesurada, violencia callejera, delincuencia y un largo etcétera de plagas que invaden la realidad, las noticias de los informativos, de la prensa y la radio. Es más, día a día, van adquiriendo un papel más relevante...hasta llegar a ocupar las "primeras páginas" de éstos. Pero esta violencia "universal" tiene su fiel reflejo -y causa- en otra más cotidiana y personal. A parte de las víctimas que provoca la violencia doméstica y de género, el mobbíng escolar, las agresiones gratuitas entre adolescentes filmadas y publicadas en Internet, etc., hay otras de tono más bajo que padecemos cotidianamente la mayoría de nosotros: actitudes intransigentes, miradas de desprecio, maltrato psicológico, ofensas actitudinales o verbales con personas de nuestro entorno inmediato, ya sea nuestro esposo o esposa, nuestros hijos, nuestros padres... o cualquier otra persona desconocida que nos cruzamos en nuestro día a día. Seguramente el motivo de estas -que no su justificación- sea la mayor presión social, las dificultades económicas o personales, la impotencia ante la demagógica e ineficacia política, las miles de dificultades cotidianas que trampeamos en nuestra vida diaria. Y es que la gente soporta un nivel de tensión cada vez mayor, que proyectamos y expandimos -alegremente- hacia los demás, incluso contra los seres queridos. Simplemente es miedo!

Ojo por ojo, diente por diente!

Supongo que esa presión personal, social y económica, hay muchas maneras de gestionarla. Cada persona lo hace a su manera, según ha aprendido. Pero la sociedad y nuestra mala experiencia, solo parece habernos enseñado a gestionarla de una manera concreta y, a la vez, nefasta para nosotros mismos y para los demás. Más violencia. Deberíamos ser conscientes de que lo que proyectamos hacia la vida, esta nos lo devuelve con creces. Desde ese punto de vista, no tenemos demasiado derecho a quejarnos de que nuestro mundo sea, día a día, más violento. Si ante cualquier agravio o dificultad, respondemos con otro agravio (hacia la misma persona o hacia otra inocente), la espiral de violencia aumenta y se propaga indefinidamente. La suma de todo ello convierte nuestro mundo en violento. Esta violencia gratuita y de bajo tono (que incluso consideramos nuestro carácter temperamental, vaya eufemismo!) que utilizamos cotidianamente, se vuelve en contra nuestra, aumentando esa presión que creemos evitar actuando de esa manera. El sentimiento (no siempre identificado como tal) de impotencia, genera una respuesta agresiva y ésta, provoca más agresividad en nuestro entorno, lo que, sin duda, nos genera aun más sentimiento de impotencia del que teníamos originariamente. Como la ley del talión, "ojo por ojo, diente por diente" o "si naciste para martillo, del cielo te caen los clavos".

Gestión del miedo

 

Ante el sentimiento de impotencia, cada uno actúa como sabe y puede, está claro. Pero quizás en la madurez, tenemos el deber con nosotros mismos y con los demás (incluso con el mundo) de aprender a gestionarlo. Con nosotros mismos, porque no hacerlo nos priva de vivir placenteramente y, sobre todo, de actuar de manera coherente, de tener relaciones enriquecedoras con los demás, y, lo que es peor, todo eso nos aleja inexorablemente de nosotros mismos y de nuestra posible felicidad. Porque el ser humano, aunque posea rasgos inherentes de agresividad (necesarios en ciertas situaciones), no debería utilizarlos como respuesta inmediata y espontánea ante cualquier situación o dificultad. Es, por decirlo de alguna manera, una respuesta antinatural y, evidentemente, mal aprendida. Pero tal como se aprendió, podemos des-aprenderla! Con los demás, el deber de gestionarlo favorecerá relaciones más auténticas, mayor sosiego y transparencia en nuestro trato con otras personas y, por llamarlo de alguna manera, tener y mostrar menos precaución en nuestras relaciones, incluyendo las sentimentales. Y el deber con el mundo, porque sin duda hará de éste algo globalmente más humano, tolerante y respetuoso, con los otros seres vivos que conforman el medio natural, nuestro escenario de vida.

Asumir el protagonismo

Supongo que deberíamos ser conscientes de que nuestra actitud en la vida es muy importante para nosotros y para los demás. Como he dicho antes, la vida nos devuelve lo que nosotros le damos (en otras palabras, le pedimos) a ella. Por decirlo de una manera fácil, si damos amor, nos devuelve amor. Por tanto, si damos violencia, nos devuelve violencia! Este concepto es crucial. La vida no es más que lo que nosotros mismos esperamos de ella. Si la consideramos conflictiva, ajena e irremediable, la vida nos ofrece situaciones conflictivas, ajenas e irremediables. No somos -en ningún caso- espectadores o víctimas de ella, sino sus principales actores. Ese es quizás el primer paso hacia la felicidad. Y ese protagonismo nos exige ser más nosotros mismos y actuar como tal, deshaciéndonos de viejos esquemas aprendidos y de intereses ajenos a nosotros. Si no somos protagonistas, en cambio, confiamos sólo en los demás, en las propias e imprevistas circunstancias de la vida o en el azar, ya sea la genética, los horóscopos o la misma suerte. Solo hay que ver como, ante situaciones adversas, aumenta el gasto en lotería y otros juegos de azar! Y Dios -o en lo que queramos creer y llamarle- no permitiría eso en nuestra vida.

Si queremos, podemos

 

Tenemos capacidad, libertad y recursos internos propios para asumir nuestra propia responsabilidad ante la vida y ante lo que nos sucede en ella. Somos los creadores de nuestra vida! Claro está que somos libres y, por tanto, podemos asumir esa responsabilidad o renunciar a ella. Asumirla significa ser activos protagonistas y actuar cada día sobre el hoy, nuestra mejor y única oportunidad! Renunciar significa no ser nosotros mismos y quedarnos al albur de las circunstancias ajenas y, generalmente, adversas... es decir, seguir sufriendo por no ser quien y como somos y padecer los avatares de nuestra vida! Mucha gente intenta infructuosamente escapar de esta decisión, como si los problemas desaparecieran cuando los ignoramos! A lo que nos resistamos, persistirá... a los miedos que afrontemos, nuestra propia visión los disolverá! Muchos terapeutas afirman que el exceso de horas de sueño en ciertas personas demuestra un cierto "escapismo" ante la vida, pues mientras dormimos aparentemente "no pasa nada" y, a la vez, nos preserva de las dificultades cotidianas de nuestra vida. Pero más allá la pérdida de tiempo que eso supone, esa falsa escapada de la realidad no nos ayuda a vivir o mejorar nuestra vida. Tampoco lo hace cerrarnos en nosotros mismos y en nuestro entorno seguro e inmediato para evitar la hostilidad del entorno, pues eso empobrece nuestras vivencias y, por ende, nuestra propia ilusión de vivir. En otras palabras, nos envejece... o, simplemente, morimos en vida.

 

Deslizarnos por los acontecimientos u obviarlos nos empobrece

Así como el que más trabaja es quien más útil se siente y más capacidad de trabajo tiene, el que más vive tiene más capacidad e ilusión por vivir. Y eso no quiere decir que debamos estimularnos continuamente con innumerables y sospechosamente raras experiencias en nuestra ya ajetreada vida. Significa simplemente vivir intensa y plenamente las oportunidades que creamos y la propia vida nos ofrece, es decir, vivir de esa otra manera. Nuestro mundo nos invita continuamente a "deslizarnos" por los acontecimientos y a generar nuevas y variadas expectativas, aunque sea para evitar la odiada rutina y, aparentemente, enriquecer nuestra ya vacía existencia. Pero no nos engañemos, al mundo le resulta muy lucrativa esa sugerencia... viajes de aventura, nuevos deportes de riesgo, intensas sensaciones de todo tipo, nuevos negocios impensables hace unos años, etc. Y todo eso, aunque afirme "llenarnos", vacía nuestra existencia, que no necesita más que sentir y vivir intensamente lo que ella misma crea para realizarnos como personas. A eso le llamo alcanzar una plenitud y felicidad simple y cotidiana. Éste sin duda es el mejor remedio contra la rutina, el impacto de fuerzas contrarias (como la mencionada agresividad y violencia) y, de paso, mejorar nuestra vida, la de los demás y, como consecuencia, la de nuestro mundo.

El miedo, si no se gestiona bien, se hereda

 

Porque además, hacerlo con este ingenioso, creativo y barato remedio personal, evitaría otros males mayores y endémicos, personales y sociales. Los males de la sociedad en general no son más que la suma de los males personales de cada uno de nosotros. Si actuáramos con protagonismo y utilizando esa otra manera de ver nuestra vida, evitaríamos, por ejemplo, inocular a nuestros hijos esa violencia y agresividad que habitualmente -aunque con cariño- les inducimos con nuestra actitud, nuestras palabras y nuestros hechos...o con la ausencia de ellos! Luego nos quejamos de que la juventud sea agresiva! Qué se puede esperar de unos indecisos adolescentes cuyo entorno promociona e incluso premia la agresividad como medio de subsistencia o como sistema para alcanzar el éxito! Las empresas, sus directivos, la sociedad en general fomenta la competitividad a través de la agresividad y la violencia encubierta. Y eso, lo llevamos a casa, contra nuestro consorte o contra nuestros hijos y familia, en general. Por eso no es de extrañar el aumento de violencia doméstica y de género que hoy padece nuestra sociedad, a través de la intolerancia, la rigidez y la inhumanidad de nuestros pensamientos y actos cotidianos.

El ser humano contiene agresividad!

 

No nos engañemos. Hacer como la iglesia-institución hace habitualmente al negar ciertos aspectos, denominándolos "malignos o pecaminosos" es nefasto. Llamarle diablo o infierno, también! Como siempre, eso no provoca más que culpabilidad, la responsabilidad ajena (aunque sea de Satanás!) y la necesidad de recurrir a la propia Iglesia en busca del perdón. Eso sin duda, garantiza fidelidad, manipulación... y más fieles a la institución. Como decía, el ser humano es agresivo, egoísta, vanidoso, soberbio... todos esos defectos o virtudes -según cada momento- que han sido mal denominados pecados. Pero el ser humano también es, sin duda, bondadoso, voluntarioso, responsable, entregado, amoroso, capaz, etc. y de su libertad depende actuar de una u otra manera, según satisfaga más o menos a su yo interno en cada circunstancia. Por eso no deberíamos juzgarnos a nosotros mismos ni a los demás! No olvidemos que, por ejemplo, la agresividad es un eficaz medio de supervivencia cuando nos sentimos acosados o en peligro de muerte! Y no hay que dudar que, si no fuera por lo aprendido y percibido como necesario por nuestra sociedad, el ser humano que responde a sí mismo, es y actúa, naturalmente, de manera eficaz, justa y firme hacia sí mismo y/o hacia los demás. Simplemente, porque eso lo dicta su conciencia, es decir, su alma! La respuesta errónea, injusta y/o desproporcionada hacia sí mismo o los demás es aprendida o resultado de lo mal vivido. Por eso hay que deshacerse de esa enorme carga que nos impide ser como somos y vivir con esperanza la vida que nosotros mismos creamos, como únicos e infalibles protagonistas!